I capítulo, Lolita - Vladimir Nabókov

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.
Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.

martes, 1 de septiembre de 2009

DOBLE FILO (todavía ese flagelo)

Cada segundo que pasa, hay una grieta más, hay un horizontes mal recortado, un anochecer interrumpido, un dolor extenso... como esos desastres naturales que pensé que mi naturaleza no podría crear

Unos se hacen más extensos que otro, entro en mi mala percepción, pero de lo que no tengo mala percepción es de el motivo, el motivo que me llevó a elegir lo que no quería elegir, a maquetear una decisión próxima, a idear la manera más dolorosa para hacer lo que no quería en mi singularidad, el estado tan lleno.

El punto de referencia está acá, el punto final esta medianamente próximo. Llevo un arma de doble filo, tanto tiene que cortandome a mi, lo vuelve a hacer (en la otra parte) y cada gota derramada, cada segundo y cada cuenta hace que el arma crezca y sea imposible de destruir.

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