I capítulo, Lolita - Vladimir Nabókov

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.
Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.

jueves, 10 de febrero de 2011

Cuando por fin ocurrió, (...), los dos nos sentimos tontos por haber esperado tanto. Al principio era sólo una cuestión física, un encuentro furioso de cuerpos, una maraña de miembros, una ostentación de lujuria reprimida. Experimentamos una enorme sensación de alivio, y durante los días siguientes nos buscamos el uno al otro hasta agotarnos. Luego el ritmo se hizo más pausado, como debía ser, y entonces, poco a poco, en las semanas siguientes, nos enamoramos de verdad. No hablo sólo de ternura y de las ventajas de una vida en común, nos enamoramos profunda, perdidamente, y al final era como si estuviéramos casados, como si no fuésemos a separarnos nunca más.



El país de las últimas cosas - Paul auster

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